Prender el no prender

Sí, sí, hay que vivir el presente. /Es cierto, OK. —dice un hermoso y triste poema de José Angel Cuevas—/ ¿Pero qué hacer con ese presente 1973 – 1990? /Con esos torturadores que deben estar viejos ya /y viajan por ahí en el Metro. S.A.” Por supuesto, no hay respuesta que valga a la pregunta de Cuevas hoy. Si la hubo se esfumó. Ya fue. Se-hizo-humo. Quizá el mismo humo negro que brotó de las 19 estaciones de metro que ardieron simultáneamente a la vista y paciencia de miles de personas, hartas de ese espurio aire puro que se respiraba en el presente del 73, del 85, del 90, de los 2000 y hasta mediados de este octubre, que no se iba, que persistía imbatible, doloroso. Más aún cuando algún político desalmado enunciaba la frase hecha “mirar hacia el futuro” o “construir futuro” o, peor aún, “no se puede”. Ardieron, asimismo, a la vista y paciencia (al anhelo, diríamos) de la clase dominante y sus discursos que se ausentaron durante horas (comieron pizza, celebraron entretanto). En suma, el metro ardió y si bien aún se busca a sus responsables, y diversas y genuinas sospechas surgen de la curiosísima coincidencia de la simultaneidad catastrófica, además de la desaparición, también simultánea, de los ostentadores del monopolio de la violencia, lo que ahora me importa plantear es otro asunto. Un vaticinio retrospectivo (la inútil paradoja del “te lo dije”, si se quiere): el metro estaba condenado a arder. De ahí tal vez que la frase vuelta meme desde el minuto que se enunció “cabros, esto no prendió”, resulte tan paradigmática: el error de no ver lo combustible históricamente que era el Metro, en tanto símbolo de estabilidad de un modelo y un sistema forjado a punta de muertes e indignidad humana.

         El Metro de Santiago durante mucho tiempo se caracterizó por su eficacia, su limpieza, su pulcritud. Diríamos, su más impoluta presencia troncal y articuladora, que sostenía Santiago o incluso a Chile (metáfora centralista, quizá, pero no es lo que creo debería ser, sino lo que creo es (o era hasta hace muy poco)). El Metro como símbolo del país que funciona, portaleano, que-se-res-pe-ta. Durante décadas ni una sola raya, ni un solo disturbio, ni una sola falla, ni un solo cuerpo de ninguno de los arrojados a las líneas, con todas sus angustias tan personales y que ahora sabemos no lo eran tanto. Ni una sola mácula ensuciaba el símbolo patrio en el que se transformó rápidamente el metro, cuyo talante hacía envidiar hasta sus pares del primer mundo, llenos de grafitis y de verdades.

Sin embargo ese respeto mítico —llamémoslo así— que evocaba el Metro, nunca fue producto del orgullo, sino del miedo. Tal vez no lo sabíamos, pero era el miedo de la dictadura que le construyó y le traspasó ese respeto de padre violento. Fue el miedo el que se volvió orgullo —así: sin metáforas—  solo que la memoria es frágil. El miedo la hace frágil: “la forma en que el trauma de la dictadura se desplazó desde su acontecer propiamente histórico a un presente ficcional ubicuo”, en palabras de Fernando Blanco. El temblor de nuestros huesos, no obstante, siempre supo la verdad en el corazón de ese miedo. Ese mismo miedo que se ahora ha vuelto a imponer cuando bajo sus túneles se ha torturado. El verdadero rostro, el originario, se devela cada cierto tiempo. Ahora es ese tiempo.

         De ahí se desprenden dos cosas: la primera, la pérdida de respeto en la medida que ese mito comienza a carecer de sentido, o que ese padre se hace viejo y deja entrever sus vulnerabilidades y sombras; la segunda, la necesidad de que el símbolo ardiera en un punto de no retorno: matar al padre, si se quiere, revelar sus baches, mostrar sus psicopatías y traumas.

         Y es que el Metro de un tiempo a esta parte dejó de ser lo que era: cada vez más músicos —de los buenos y de los malos— se tomaban sus pasillos, cada vez más comercio informal mostraba las fugas de un país que se decía en vías (bonita palabra en este contexto) al desarrollo, cada vez más detenciones inesperadas, atrasos, colapsos en horas punta cada vez más largas Señales hubo. Pequeños avisos: una que otra bomba poco significativa, pero que terminó por quitar todos los basureros de todas las estaciones y volverlos bolsas translúcidas que ya mellaban esa la pulcritud ejemplar y sospechosa; numerosos suicidios comentados por redes sociales; varias llamados a evasión tras varias alzas dictaminadas por un panel de expertos que no usa metro, y así y así. Intentos más, intentos menos, uno de esos llamados funcionó. Acaso un juego. Y lo inevitable terminó por pasar, pues el fuego purifica y su humo esclarece más de lo que enturbia. Sucesión de hechos: jugar con fuego, luego quemarse.

Por eso la generación que inicia la rebelión, y que justamente lo hace en contra de este símbolo —inconsciente colectivo, acaso—, no vivió la dictadura. Dicho de otro modo, desconoce el respeto que se le debe a quien se le teme, pues no le teme. (Flaco favor hizo la falta de educación cívica y una educación histórica tan matizada, que aún en muchos colegios —y esto tristemente lo digo con propiedad— se teme llamar dictadura a la dictadura, en tanto no solo no nos traspasó la verdad histórica que permitiría evitar que tristes episodios de abusos de poder no volvieran a repetirse nunca más, sino que tampoco inculcó ese respetuoso terror que inmovilizaría a las nuevas generaciones, tal como lo hizo con sus progenitores; rebelarse, en suma, contra ese padre.

Así y todo, algunos tenían la esperanza de que esto no prendiera, pues para eso se nos ha criado, para que no prenda: doctrina de la negación. No. No se puede. Tal vez mañana. Y es quizá la negación la que nos obliga a actuar al fin y al cabo. Ese No de la frase “esto no prendió”, que es también la negación inicial a la baja de la tarifa del metro o la negación a una hora al médico antes de que sea demasiado tarde. Etcétera.

Rebelarse contra lo negado, contra el “no se puede”, es ese el punto. Prender el no prender. Ese No que antaño significó el fin de una era horrible, pero que en verdad nunca se fue del todo. El No al No no da como resultado el , tan aciago en su seguridad de sí, como desearían los sectores más conservadores y clasistas de este país. Diremos que esta negación nueva ciertamente no da resultados, pues no les busca, o más precisamente estos pasan a un segundo plano. El No al No no da como resultado un , insistimos, menos a ese antidemocrático, sino que es una reinvención del No de antaño, un nuevo No, un Nunca más, un Basta. Es el No, finalmente, del fuego que borra para luego construir desde su rabioso calor. Es la ira, pero también el fuego fatuo. El fuego de la verdad que se escondía bajo esta tierra manchada, en sus arterias también manchadas.

“Oye, digan la verdad, cuenten la historia/de este pobre Chile.”, sigue el poema, como una máxima que ahora vuelve y se repite ante cada detención ilegal, cada golpe, cada ojo perdido, cada vida. Y todo se quemará porque ellos no dirán la verdad y la verdad es fuego como la paz. El fuego de este pobre Chile que en la luminosidad de esas llamas nos permite ver —con menos ojos que los que teníamos al principio, pero con más claridad— que tal como dice el ex poeta Pepe Cuevas, “quizás, venceremos”.

Christopher Rosales Tognarelli

Escritor


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