Es la economía, estúpido.

[La frase memorable escrita en un pizarrón durante los debates presidenciales entre George Bush padre y Bill Clinton, en un lejano 1991, fue el indicativo perfecto de la importancia asignada a las coyunturas económicas gravitantes para una decisión electoral. El votante –se presume–, decidiría frente a la papeleta, entre beneficios colectivos y beneficios individuales, desplazándose inevitablemente hacia una opción personal por sobre otras consideraciones. Sería la economía su guía, sería su situación económica el estándar sobre el cual tomaría una alternativa política u otra. Mismo pensamiento formulado por la campaña electoral del Presidente Piñera. Apostó a que sería la economía  el tema disruptor que inclinaría la balanza a su favor en primera vuelta y el balotaje frente a la remolona figura de Guillier, y no se equivocó. Ciñéndose la banda hace un año atrás, pensaría que con la economía como caballito de batalla sería suficiente.

          Es evidente que a pesar de su discurso, los resultados políticos del actual gobierno han sido opacos y deslavados.

          La gobernabilidad, el “legado” y la proyección política de la coalición gobernante es lo que está en juego desde este mes en adelante para el señor presidente. Han sido fangosas semanas en que por malos diagnósticos políticos el gobierno ha perdido la brújula y el control de la agenda política. Lo fue primero la polémica de los medidores inteligentes –en donde la sinceridad presidencial fue insólita­–, seguido de una poco decorosa “vuelta de chaqueta” en lo que al movimiento feminista se refiere, continuado por una cumbre presidencial de un organismo fantasma (como lo es Prosur), con unos gobernantes desorientados y una extensa lista de invitados que rectificaron su ausencia. Tres frentes, el económico, el social y el internacional en donde el crédito político se ha agotado en menos de un mes, dejando los índices de aprobación (de acuerdo a sospechosos encuestadores) por debajo del 40% por ciento en pleno mes de abril.

          Mala cosa para un gobierno que hace escasos meses atrás daba muestras de musculatura política al mantener el control total sobre la agenda mediática, a una oposición arrinconada en lo que a desenvolvimientos ciudadanos se refiere y mantenía a su votante laxo en las proximidades de su bolsillo (con índices de aprobación sobre el 50% y desaprobaciones menores al 30%). A pesar del desorden en Carabineros, las declaraciones odiosas de diversos ministros  y sorpresivos cambios de gabinete que fueron la tónica.

          Y entonces, vino el asesinato de Camilo Catrillanca por parte de funcionarios policiales y todo aquel minucioso relato construido sobre las bases del emprendimiento, desarrollo económico y mayor seguridad, se vino estrepitosamente abajo, dejando un no menor saldo de heridos institucionales (cómo olvidar al General Soto) y otro no menor desorden en las huestes oficialistas. El síndrome del “pato cojo” apareció y ya son más de seis los candidatos presidenciales que de alguna u otra forma han sonado, ya sea desde los medios, ya sea desde las encuestas (lo cual, no deja de ser sospechoso también). Barriga, Lavín, Kast, el otro Kast, Chahuán, Ossandón y compañía no han cesado de lanzar dardos a la gestión presidencial preocupados de sus propios y potenciales votos.

           No olvidemos, que el que antes se elevaba como natural sucesor del Presidente (el empresario Moreno), se esfumó sin más de las eventuales futuras papeletas; siendo ahora, reemplazado en su papel de delfín ministerial por la Ministra Gloria Hutt (por ejemplo,  la vimos en el periódico, siendo fotografiada por la Segunda, un día domingo a las exactas 15:00 horas, vertiendo los resultados de su reciclaje domiciliario en los verdes containers de Vitacura, junto a su madre de 93 años y un decorativo delantal, sonriente, displicente, graciosa y feliz a la cámara). Un clavo, saca a otro clavo, se dice por ahí.

          El mismo Presidente durante el fin de semana pasado descartó postularse a un tercer período. Y esas palabras son importantes, pues son indicativas que al Presidente, a la más alta Magistratura de la Nación, lo que le ocurra al resto de los ciudadanos simplemente no le importa. Él sigue firme en el timón, sigue firme con su plan inicial: realizar la mayor cantidad de contrareformas posibles. Borrar, lo que más se pueda, aquel nefasto gobierno anterior que debilitó –un ápice por lo demás- el poder de sus amigos los empresarios. Vamos, reformemos el estatuto laboral, reformemos la reforma tributaria, el modelo de concesiones hospitalarias, y sigamos, sigamos porque ya vienen las elecciones municipales y mis objetivos para ese momento serán otros –debe decirle a sus asesores, insistentemente, por teléfono, en persona, vía mail y por whattsap–.

          Es ese frenesí y ansiedad presidencial la que explica la celeridad con la cual, por ejemplo, se ha querido cerrar tan prontamente la discusión sobre la reforma tributaria, sin dejar espacio para el debate, vociferando que oponerse a un cambio legislativo es ponerse al desarrollo del país. ¿Y por qué será tan importante? Aquí los hechos: 1.- El Banco Central ya ha ajustado a la baja sus expectativas de crecimiento para el presente año. 2.- El gremio empresarial insiste con avidez que de no aprobarse la reforma a la reforma, las inversiones simplemente se estancarán. 3.-Al no poder entregar mayores estímulos fiscales a la inversión (sin un contexto internacional que lo justifique) el Presidente no tendrá más que ver caer su adorada tasa de crecimiento económico. 4.-En consecuencia, perderá fuerza la economía nacional, acercándose al 3% por ciento anual, quedándose sin discurso con el cual apelar a la confianza de sus propios votantes, pues con Guillier (dirán estos), el crecimiento económico hubiese sido más menos el mismo.

          El discurso de la seguridad ya lo perdió (por obra y gracia de Carabineros de Chile); el discurso de la inmigración (aquel manoseado concepto de “Chilezuela”) progresivamente se ha ido opacando a manos de la repetición y el hartazgo; y entonces ¿qué?, ¿qué le queda para mostrar al Presidente?: tan solo la economía. Y esta es la madre del cordero. Si la pierde, su gobierno se muere, su coalición desaparece (¿no será muy notorio que Evópoli y la UDI hace rato ya que se odian?), y su legado…ni hablar de su legado.

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